Fue una tarde llena de emoción, orgullo y alegría, en la que alumnos, familias y profesorado compartimos juntos el cierre de una etapa inolvidable.

Un emotivo acto en el que nuestro director, Don Daniel Lozano realizó una invitación a detenerse y mirar la vida con profundidad. Daniel Lozano recordó a los alumnos en su discurso que el verdadero aprendizaje no está solo en los conocimientos adquiridos, sino en las personas en las que se han convertido durante estos años.
Compartimos con vosotros sus palabras:
Buenas tardes, alumnos de la XVIIª (decimoséptima) promoción de Peñalar, Lorena, directoras de etapa, padres y familias que hoy miráis orgullosos lo que ante nosotros ha crecido, profesores y tutores que los habéis acompañado, querido claustro presente, PAS fiel. Amigos todos.
Bienvenidos.
Ha pasado muy rápido.
Lo escucháis cada año. Cada promoción que se ha sentado en esas sillas ha oído la misma frase de sus mayores. Y cada promoción ha pensado más o menos lo mismo: ¡ya lo creo que pasa rápido!, ahora mismo pensáis…a ver si termina ya Don Daniel, que yo tengo cosas que hacer... Lo entiendo. También yo lo pensé en su momento.Y la palabra rápido no suena como una queja. Sino como nostalgia de lo que ya fue. Me quedo en ella porque nos pregunta a todos, y cuando alguien pregunta, al menos en nuestro colegio, intentamos darle una respuesta: ¿Rápido, para qué?
La velocidad no es neutra. Tiene consecuencias. Cuando pasamos rápido por los pasillos del colegio, por las clases o recreos, en las conversaciones de vuelta a casa, siempre algo se nos escapa. Y por tanto algo queda atrás. ¿Qué detalle por ir tan rápido, por alcanzar este día de la graduación, no atendiste por ir sólo a lo tuyo? ¿Qué compañero venía aquel día más callado de lo habitual y no te diste cuenta? ¿Qué pregunta quedó sin hacerse porque el examen no esperaba? ¿A quién no ayudaste a caminar porque ibas demasiado deprisa?
La rapidez tiene un precio que raramente se contabiliza: lo que dejamos de ver.
No lo digo para cargar con culpas. El primero soy yo. Lo digo porque la consecuencia de ir rápido no es el cansancio. Es la ceguera. Quien corre no contempla. Y el que no contempla no llega al fondo de las cosas.
Hay un pensador que ganó el príncipe de Asturias el pasado año, Byung-Chul Han. Definiendo la crisis actual decía que no era económica ni política, aunque de esas también tenemos. Él dice que vivimos una crisis de la atención; una crisis de la mirada y del oído. Vamos rápido, tanto que devoramos el tiempo. No podemos estar atentos porque solo el alma que ayuna puede mirar y contemplar. Solo el alma que se detiene percibe los infinitos detalles de belleza que la velocidad no deja ver.
Os lo cuento porque hay otra frase que me detuvo cuando la leí, dice: No es Dios quien ha muerto. Murió el ser humano capaz de percibir su presencia. Y eso describe algo que vemos a diario: no es que lo verdadero y lo sagrado hayan desaparecido del mundo. Es que hemos perdido la disposición para recibirlos. El ruido y el consumo constante han embotado algo en nosotros. Y si no nos detenemos, no lo vemos. Y si no lo vemos, es como si no estuviera.
Y este año, algo nos paró, algo me paró.
Hubo un hecho en nuestra casa, permitidme que lo comparta hoy con vosotros, uno de esos que no avisan ni negocian ni aceptan aplazamiento. No lo elegiría. Ningún padre lo elige. Pero ocurrió. Y cuando la vida te obliga a detenerte de esa manera, descubres cosas que la velocidad ocultaba.
Me dejó en una soledad que al principio no supe nombrar. No se parecía al aislamiento. El aislamiento encierra, separa, convierte al otro en un extraño. Esta soledad que digo era distinta. Era íntima. Personal. Mía. Un espacio propio que, extrañamente, no estaba vacío.
Cuando entras de verdad en ese espacio, cuando te atreves a habitarlo, lo encuentras lleno. Estás tú, con todo lo que eres. Están las palabras que alguien te dijo hace años y que entonces no entendiste. Están los rostros que quieres. Está Dios: no como recurso de emergencia ni como consuelo fácil, sino como presencia que ya estaba allí antes de que yo llegase. Antes de que naciese.
Esa soledad no nos separó. Nos puso en comunión con todos.
Quienes guardaron silencio a nuestro lado. Quienes encontraron la palabra justa sin haberla buscado. Quienes no supieron qué decir y se quedaron, y eso fue suficiente. La soledad habitada abre a la comunidad. Es lo contrario de lo que esperaríamos. Quien sabe vaciarse puede llenarse de los demás. Y en esa quietud, lo que encontramos fue que hay un orden en las cosas que la rapidez no nos dejaba ver. Un orden que es bueno. Que no depende de nosotros. Y que sostiene incluso lo que duele.
Vuelvo a vosotros.
Os he hablado de rapidez. Os he hablado de lo que se pierde cuando vamos deprisa. Ahora os pregunto: ¿Para qué han sido estos años?
No os pregunto qué habéis aprendido, sino quiénes sois hoy que no erais cuando llegasteis. Porque eso es lo que ha ocurrido aquí. No solo la acumulación de conocimiento, aunque también. Ha ocurrido algo más difícil de medir: os habéis ido haciendo. Y lo que se ha hecho en vosotros es único e irrepetible.
Cada uno de vosotros es un don. No lo digo como fórmula amable de discurso de graduación. Lo digo porque es verdad literal: no existe ni existirá nadie con vuestra historia exacta, vuestra mirada exacta, vuestro modo de estar en el mundo. Nadie más que vosotros puede hacer lo que vosotros estáis llamados a hacer. La obra que os corresponde en este mundo, pequeña o grande, visible o silenciosa, solo vosotros podéis hacerla.
No hay nadie más. Sois el don que está disponible.
Y sois herederos. Lo que habéis recibido aquí no es solo materia académica. Es una forma de mirar el mundo: con curiosidad y con responsabilidad, con apertura y con raíces. Eso tiene peso. Eso obliga, en el mejor sentido de la palabra. Lleváis el sello de todo lo que os ha formado: de los profesores que creyeron en vosotros antes de que vosotros creyerais en vosotros mismos, de vuestras familias que lo apostaron todo, de una tradición, la del Colegio Peñalar, que no es solo académica sino humana.
Os deseo una vida plena. Y que nadie os engañe: una vida plena no es una vida sin dolor. Es una vida que no huye de ninguna de las dos cosas, ni de las alegrías que merecen ser celebradas, ni de los dolores que merecen ser atravesados. Vivir bien es vivir con todo. Y cuando os perdáis, Parad, volved a lo quieto. Mirad despacio. En el detalle que os saltabais está, muchas veces, lo que más importa.
Tenéis dónde volver.
Y cuando penséis en estos años, espero que podáis decir, con todo lo que eso cuesta y con todo lo que eso vale:
«Todo está bien hecho.»
Que Dios os bendiga. Muchas gracias.
Daniel Lozano Director